¿En serio terapias y pseudoterapias?

¿En serio terapias y pseudoterapias?

Una reflexión para denominarlas de forma digna

Ideas clave del artículo:

  • La denominación de “pseudoterapias” crea una distinción que puede marginar buenas prácticas terapéuticas y a buenos profesionales
  • Se puede afirmar que existen pseudoterapeutas pero no son necesariamente los que usan las denominadas “pseudoterapias”
  • Una propuesta para poner nombre a las terapias sin caer en palabras que marginen o degraden.

El conflicto entre las terapias y las pseudoterapias

En 2018, en España, el Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social, conjuntamente con el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidad presentaron un plan de acción para combatir las pseudoterapias. Definieron “pseudoterapia” como “la sustancia, producto, actividad o servicio con pretendida finalidad sanitaria que no tenga soporte en el conocimiento científico ni evidencia científica que avale su eficacia y seguridad”.

Parece que el fenómeno de lo “fake” ha llegado hasta la terapia. En un mundo donde dudamos de las noticias, de los hechos históricos y hasta de la cualidad esférica de la Tierra, las terapias ¡no podían ser menos!

 

¿En serio “terapias” y “pseudoterapias”?

¿Nos benefician los conflictos y segregaciones a la comunidad de terapeutas? Photo by Matan Levanon on Unsplash

 

Los argumentos para esta campaña son varios:

  • el incurrir en una publicidad engañosa si un producto o actividad sanitaria no tiene un efecto terapéutico avalado por la evidencia científica,
  • la posibilidad de que el uso de pseudoterapias afecte negativamente a los usuarios porque las elijan en lugar de las terapias avaladas científicamente,
  • la posibilidad de que un tratamiento con pseudoterapia se realice conjuntamente con una terapia avalada científicamente, e interfiera o malogre la efectividad de esta última, con el consiguiente perjuicio para el paciente.

Seguramente existen estos peligros pero me gustaría profundizar en este tema porque esto puede ir a más y convertirse en una especie de “cruzada maniquea de terapeutas” del “bien contra el mal” (las terapias “verdaderas” y buenas contra las “falsas” y malas, me refiero). Algunos síntomas de esta “cruzada” empiezan a percibirse. No hace mucho se publicó este artículo en El País en el que figuraba un titular en negrita que decía literalmente: “Gestalt, constelaciones familiares y PNL, mejor huir de ellas”. Distintas asociaciones y colectivos de terapeutas que han sido señalados como “pseudoterapias” han reaccionado. En este enlace puedes ver una muestra de ello.

Ahora sólo voy a escribir principalmente sobre psicoterapia. Hay casos claros de estafa como por ejemplo alguien que se anuncia como psicólogo y no lo es. O alguien que promete resultados que no puede garantizar. Sin embargo, hay muchos buenos profesionales respetuosos con su trabajo y con sus clientes que pueden caer etiquetados bajo esta definición de “pseudoterapeutas” y esto les puede hacer mucho daño.

Algunas de las disciplinas tachadas de pseudocientíficas sí tienen soporte científico. Otras no y es de ellas de quien quiero hablar especialmente. Yo me he formado como psicólogo con todo el auge del paradigma cognitivo-conductual y toda la importancia en el rigor metodológico y científico. Sin embargo he tenido la ocasión de comprobar que por el hecho de que determinadas terapias no estén validadas científicamente no significa que, en determinadas circunstancias, no sean buenas y eficaces.

Repasemos las ideas que suelen usarse como argumento para considerar a algo como “pseudoterapia”.

  • Las pseudoterapias (psicológicas) no tienen la evidencia científica que avale su eficacia o su seguridad.

Esto es cierto. Hay muchas terapias psicológicas que no cuentan con una evidencia científica que las avale. Las que sí lo hacen cuentan con un “control” por parte de la comunidad científica: se revisan los métodos, se hacen pruebas sobre la eficacia, se miden las variables, etc. Hay toda una “industria” montada en torno a ello (y muy potente): laboratorios, universidades, empresas farmacéuticas, etc, etc, etc. Toda esta industria tiene una forma de validar las técnicas que utilizan y eso le da un gran valor.

Las pseudoterapias quedan fuera de este circuito, y no pueden ser validadas. Pero es que determinados métodos o prácticas tienen muy difícil entrar en los circuitos de las universidades porque son rechazados y nadie se atreve a investigar sobre ello. Es decir, el sistema de investigación, tal y como está configurado, crea una especie de “conservadurismo intelectual” en el que muchas propuestas que se salen de lo ortodoxo no son bien vistas y pueden dejar en evidencia a cualquier investigador que se atreva a apoyarlas.

Sin ir más lejos, las técnicas de mindfulness (de procedencia budista) no fueron aceptadas por las universidades españolas hasta que primero en Estados Unidos y luego en otros países hubo la suficiente aceptación como para hacer estudios científicos sobre ello (aspecto que nos colocó a nivel nacional con un considerable retraso). El que algunas terapias tengan muy difícil entrar en el circuito científico no significa necesariamente que no sean eficaces en determinadas circunstancias.

  • Las pseudoterapias (psicológicas) apenas tienen efectos beneficiosos o ninguno.

Si no pasan por la evidencia científica no pueden medirse bajo esos criterios, eso es seguro. Pero hasta la ciencia nos dirá que si no mides la eficacia de algo no sabes si es eficaz o no. Aquí parece que la “presunción de inocencia” no se da y se supone que por defecto es ineficaz. Habrá que desarrollar formas de medir la eficacia de estos métodos. Es cuestión de elaborar unos criterios válidos y claros que vayan desarrollándose e implantándose. Todo buen profesional que use métodos no validados científicamente estará encantado de verificar si su método funciona o no y cómo puede mejorarlo.

  • Las pseudoterapias (psicológicas) puede que funcionen en algunos casos pero no en otros.

Esta definición se puede aplicar a todos los tipos de terapias ya estén validadas científicamente o no lo estén, porque en las investigaciones científicas se miden las técnicas aplicadas en una serie de condiciones (tipo de trastorno, características de la persona, etc). Si un método se aplica con otro trastorno se puede hablar también de «pseudoterapia». Ahora bien, ¿cuántas personas presentan trastornos mixtos o que no encajan exactamente con un diagnóstico clínico? En la medicina alopática nos encontramos cada vez más con las llamadas «enfermedades raras» Según la OMS en la actualidad se tienen registradas cerca de 7000 enfermedades raras que afectan a un 7% de la población. ¿Acaso es distinto en los trastornos psicológicos? ¿Qué podemos hacer con las personas que sufren ese tipo de patologías?

 

Si hay pseudoterapias ¿hay también pseudoterapéutas?

Es lo más lógico ¿verdad? Pseudoterapeuta sería aquel que practica una pseudoterapia.

Por mi parte no estoy nada de acuerdo en esto. Sí creo que puede haber “pseudoterapeutas” pero no son necesariamente los que practican “pseudoterapias”.

Voy a tratar de definir el perfil típico de un “pseudoterapeuta”:

  • Alguien que tiene poco conocimiento y/o experiencia en el método que aplica.
  • Que busca lucrarse aprovechándose de la necesidad de sus clientes vendiéndoles algo ineficaz o que no necesitan.
  • Que no les importa el bienestar de sus clientes e incluso pueden perjudicarles con sus prácticas.

 

El conflicto entre las terapias y las pseudoterapias

¿El objetivo es “desenmascarar a los impostores” o mejorar los criterios de nuestra profesión? Photo by Sammy Williams on Unsplash

 

Profundicemos en estas ideas.

  1. Los pseudoterapeutas buscan lucrarse aprovechándose de sus clientes.

Tanto los que practican una “terapia” como los que practican una denominada “pseudoterapia” pueden buscar un beneficio económico de su actividad. Esto no es diferente en absoluto. Podemos encontrarnos igual a profesionales que practiquen con una terapia basada en la ciencia que busquen lucrarse a partir de sus clientes buscando una relación que genere dependencia. Estoy convencido que muchos de ellos ni siquiera consideran que eso sea negativo sino saludable. Son los “clientes de larga duración”.

Cuando se establece una relación de mucha confianza, el terapeuta desarrolla un cierto “poder” sobre su cliente. Un poder basado en la seguridad, la eficacia, el conocimiento o el apoyo que proporciona. Hay un hecho constatado en la práctica (ignoro si hay investigaciones sobre ello) y es la adicción que se produce en muchas personas con las operaciones estéticas. Un problema de autoestima es lo que está detrás de muchas de ellas: no me gusto o no me quiero y tengo la fantasía de que si mi aspecto mejora, gustaré y me querrán. Sin embargo me consta que a determinadas clínicas esto no les incumbe: ellos simplemente intentan dar un buen servicio a sus clientes y si quieren hacerse 5, 10 o 15 intervenciones y tienen dinero ¿qué problema hay?

La pregunta que me parece relevante aquí sería ¿hasta qué punto el profesional busca que sus pacientes o clientes sean independientes o dependientes?

  • Los pseudoterapeutas aplican técnicas, pero su conocimiento o experiencia son dudosos.

En la actualidad cualquier persona puede hacer una formación básica o introductoria y publicitarse como terapeuta. Voy a poner un ejemplo real y es un curso online de Hipnoterapia (certificado) con una duración estimada de más de 10 horas pero sin prácticas. Yo puedo hacer este curso, considerar que ya sé hipnosis y comenzar a tratar a otras personas con esta técnica. Esto sí puede ser un problema porque cuando alguien acude a un terapeuta no revisa su CV ni comprueba qué formación hizo (y entiendo que tampoco debería hacerlo).

Sería mejor que hubiera algún tipo de certificación oficial que garantizase que una formación cumple con una serie de criterios para capacitar profesionalmente a un terapeuta. La fórmula que se ha buscado es que toda formación “oficial” pase por las universidades. ¿Qué consecuencia se deriva de ello? Las universidades imponen “su ley” que consiste en supervisar los contenidos, con lo cual muchos no son aceptados (por alejarse de los paradigmas de conocimiento de la universidad o darles un prestigio negativo) y además incrementan el precio para llevarse un porcentaje (nada pequeño por cierto). El resultado es que muchas formaciones quedan al margen de la oficialidad universitaria por precio o por no ser procedentes (lo cual ha generado una inflación creciente en los estudios de posgrado).

Otro ejemplo. Existen formaciones muy buenas y completas de terapia sistémica o medicina tradicional china (ambas están en la lista de posibles pseudoterapias) y las personas que terminan esta formación sí han cubierto unos requisitos de aprendizaje teórico y práctico equivalentes a los de cualquier formación universitaria. Esto es muy distinto a aquellos que han hecho un curso online teórico de 10 horas. Darles a todos la misma consideración entiendo que no es apropiado. En mi opinión se deberían fijar unos criterios mínimos de formación teórica y también práctica (número de horas, supervisión, evaluaciones, etc.). Eso no eliminaría el que haya autodenominados terapeutas con muy poco conocimiento y/o experiencia, pero ejercería mayor presión sobre este tipo de prácticas, minimizándolas.

  • Los pseudoterapeutas no tienen en cuenta a las personas que tratan y pueden aplicarles tratamientos que incluso les perjudiquen.

Este punto, al igual que el anterior, tiene mucho que ver con la ética profesional pero también con otras circunstancias como el desconocimiento o incluso las condiciones laborales. Veamos. Si eres un terapeuta que conoce su oficio deberías hacer la exploración imprescindible a la persona que tienes delante y obtener la información necesaria que te lleve a decidir si tu método puede ayudarle… o no. En su defecto podrías informar sobre indicaciones, riesgos e incompatibilidades.

Por ejemplo, he acudido a terapias grupales con métodos de respiración (hiperventilación, holotrópica, etc) donde no se sabía nada de los participantes ni se les informó de riesgos o contraindicaciones. Pero por otra parte también he asistido a retiros intensivos de meditación donde antes de asistir te pasaban un extenso y detallado cuestionario para conocer aspectos clave de la salud física y mental de los participantes. En función de las respuestas te decían si eras apto o no para el retiro. Creo que son ejemplos y prácticas profesionales muy distintas.

Como terapeuta puedes ignorar que hay que conocer a tus clientes antes de aceptarlos en tu terapia. Este sería el terapeuta del tipo “peligrosamente ignorante”.
Pero puedes conocerlo y ahorrarte ese paso porque te restaría clientes o te quitaría tiempo. Entonces es que no te importan demasiado y serías un terapeuta del tipo “el dinero es lo primero”.

También hay otra circunstancia más que te podría convertir en “pseudoterapeuta” y es trabajar bajo unas condiciones laborales donde no puedas realizar adecuadamente tu misión.
Pongamos un ejemplo. Eres un psicólogo y trabajas en un lugar (no diré donde) en el que tienes una agenda de más de 10 pacientes al día y no te da para mucho más de 30 minutos por cada uno. Estás especializada en depresión y ya te vienen con un “pre-diagnóstico” (que puede estar acertado o no). Le haces las preguntas justas para confirmar el tipo de depresión que presenta la persona y le aplicas el procedimiento correspondiente. ¿Y si los síntomas depresivos son la manifestación de algo diferente? También en este caso te conviertes en un pseudoterapeuta ya que trabajas en una especie de “cadena de montaje de la terapia”: eres un terapeuta tipo “martillo” y los que vienen a tí les consideras como si fueran “clavos” y les tratas como a tales.

Mis conclusiones de estas reflexiones son:

  • Sí puede haber pseudoterapeutas y serían aquellos que no tienen la formación ni la experiencia suficiente como para ponerse delante de una persona o aquellos que incluso teniéndolos anteponen el ganar dinero al bienestar de sus clientes o que, por determinadas circunstancias, no pueden hacer su labor con la suficiente personalización a atención hacia sus pacientes o clientes.
  • Sería bueno que hubiera un organismo oficial que diese un sello de certificación a la formación terapeútica que no es científica sin tener que pasar por el filtro de las universidades. Tendría que avalar unas horas de formación, unas horas de práctica y unas metodologías que dieran garantía de aprovechamiento y eficacia en el aprendizaje. Este sello lo podría obtener cualquier persona que aportase la documentación requerida y representaría una garantía ante sus clientes y mejoraría el nivel de la oferta terapéutica. Muchos centros de formación estarían encantados de adaptarse a estos criterios y ser reconocidos.
  • Se me ocurre que se podría realizar una “Guía de buenas prácticas para la ética del terapeuta” y difundirla. Como es algo que va a depender exclusivamente de cada persona, representaría una “llamada a la toma de conciencia”. Pero también se puede difundir para los propios clientes y que conozcan determinado tipo de prácticas que dan más garantías de profesionalidad.

Te animo a que saques tus propias conclusiones y que aportes tus argumentos. ¿Qué te parecen estas reflexiones y propuestas?

 

Una cuestión terminológica

La misma palabra “pseudoterapia” incluye un sesgo que divide a las terapias entre “verdaderas” y “falsas”. “Verdaderas” son las que están sustentadas por el método y la comunidad científica y “falsas” son… el resto.

“Trazar una línea” que separe a las verdaderas terapias (y por tanto terapeutas) de las falsas supone poner en duda el buen trabajo y profesionalidad de muchas personas e incluso marginar prácticas que pueden ser beneficiosas sólo por no ser científicas.

La ayuda terapéutica lleva existiendo desde los principios de la humanidad. Chamanes, maestros, gurús, sacerdotes y muchos más se han dedicado a ello desde mucho antes que existiera la ciencia. Con mayor o menor eficacia, pero han ejercido esa labor de ayuda a la curación.

Por poner un par de ejemplos, del ayurveda se conocen registros escritos del siglo VII antes de Cristo. La psicología budista se puede encontrar en textos del siglo I antes de Cristo. Ninguna de las dos disciplinas son científicas. Sin embargo, algunos elementos del budismo (como la práctica meditativa, la compasión, etc) han sido incorporados a la investigación científica hace relativamente poco tiempo. La labor de organizaciones como Mind and Life Institute en Estados Unidos y de personalidades como Francisco Varela (neurocientífico), James H. Austin (neurólogo), Matthieu Ricard (doctor en genética) o Jon Kabat-Zinn (profesor en medicina e investigador) entre muchos otros (sin olvidarnos de la labor tan importante de acercamiento a la ciencia realizada por el 14º Dalai Lama) han hecho posible que una tradición muy antigua que no tenía nada que ver con lo científico hoy sea estudiada en universidades de todo el mundo.

Tanto el ayurveda como la psicología budista son mucho más antiguas que la propia ciencia. Las dos están orientadas a tratar el dolor, el sufrimiento o la enfermedad.

¿Qué son entonces? ¿Pseudoterapias? Si han sido estudiadas y validadas por la ciencia, como en el caso del mindfulness, pueden llamarse terapias. ¿Es ese el criterio?

En el anterior post de este blog “Bienvenidos al blog de El Camino del Terapeuta” llegué a esta definición de terapia que es la que propongo: “un método o proceso dirigido hacia una persona individual, grupo o colectivo con la intención de tratar un dolor o sufrimiento, el deterioro de funciones, capacidades o relaciones, bien para aliviarlos, detener su avance, producir una mejora notable o llegar a un estado de plenitud”.

Propongo una definición “inclusiva” no “exclusiva” ¿Porqué? Porque en el mundo cada vez hay más enfermedades (el crecimiento de los trastornos mentales es enorme) y se necesitan terapeutas. La ciencia ejerce una labor muy importante, de eso no hay duda, pero hay otras formas de afrontar el proceso de curación que la ciencia todavía no es capaz de entender. Cuando estudié psicología había una “ley científica” (de las pocas que se estudiaban) que decía: “las neuronas son las únicas células que una vez mueren no se produce ninguna regeneración”. Hoy en día se ha demostrado que no es así. La ciencia necesita su tiempo para avanzar e integrar distintos conocimientos y hay disciplinas terapéuticas que sin ser científicas pueden aportar un gran valor.

Mi propuesta es nombrar a las terapias validadas por la ciencia como “Terapias BEC” (Basadas en la Evidencia Científica) y el resto, a falta de un nombre mejor, “Terapias NoBEC” (No Basadas en la Evidencia Científica). Expresa aquello que tiene que expresar y no tiene un componente peyorativo con la capacidad de discriminar o marginar.

Crear separación o discriminación es algo que hacemos cotidianamente en todos los órdenes: social, laboral, familiar… En lugar de ello propongo convivir con un adecuado nivel aceptación y, eso sí, intentar hacerlo todos un poco mejor. Marginar nunca ha sido una buena solución porque crea dolor, resentimiento y enfrentamientos. Dejemos el “buenos” y “malos”: todos tenemos cosas que mejorar. Pongámonos manos a la obra y cooperemos para que esta profesión sea cada vez más útil tanto a nuestros clientes o pacientes como a nosotros mismos.

Abro un debate y propuestas para un nombre adecuado y digno para aquellas terapias que no cuentan con la validación científica. ¡Gracias!

6 Comentarios

  1. Buena reflexión, y es que es cierto, como dijo un día el propio Thomas Kuhn, la ciencia normal en un afán de defender su teoría trata de ajustar la realidad a su modelo.
    Y es que es cierto que aunque no logremos comprender en muchos casos cuáles son los mecanismos de funcionamiento de estas terapias no reconocidas por la ciencia, su efectividad es corroborable y experimentalble, como podemos comprobar cada día en nuestras sesiones.
    Propongo un nombre nuevo, me sugiere el caso:
    «Terapias de última generación».

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    • Gracias por tu comentario David! Apunto tu propuesta «Terapias de última generación»

      Responder
      • Comparto contigo tú definición de pseudoterapeuta, que es ese que no pone primero el bienestar de las personas que atiende, llevando a las personas a relaciones de dependencia o aplicando tratamientos que sabe que no son eficaces, o en los que no está cualificado.

        Siento que el hecho de atender a una persona que sufre, debe ser un acto noble por parte del
        terapeuta, y eso está más allá de cualquier cosa que quieran llamar ciencia.

        Me ha encantado el artículo.

        Saludos

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        • Mucha gracias Salvador! Gracias por estar aquí y aportar tu punto de vista!

          Responder
        • ¡Muchas gracias Pilar! Mucho gusto que participes en el blog! Pues sí, podría ser: quizá encaje en esa categoría de «terapias de tercera generación».

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